La memorización de los textos de las obras de teatro suele aparecérseles a muchos actores y actrices como uno de sus mayores desafíos (y motivo de malestar y zozobra). Me sorprende constatar que aun en las más importantes escuelas de formación actoral no figura como una instancia de aprendizaje o entrenamiento. Como si no existiera un extensísimo trabajo de investigación y un sinfín de metodologías y técnicas de memorización a los cuales recurrir.

Pero fundamentalmente, también, porque me parece importante desmitificar –por no decir desmentir– la creencia de que yo posea algún talento o don natural para la memorización. Que no los tengo en absoluto. Que simplemente le dedico el tiempo que requiere, y he tenido la suerte de dar, intuitivamente tal vez, con una técnica que me resulta eficaz y efectiva.

Son –estoy convencido– los dos condimentos sine qua non para lograrlo. Es decir, dedicación (tiempo) y método.

Podría resumirlo, tal vez, en unos cuantos consejos (o “tips”) que resumieran la manera en que yo mismo estudio los textos (el “método”). Pero me parece importante proveer algunas bases “fundamentales”, sobre todo en lo que hace a la dedicación (los tiempos). Porque es clave entender algo de cómo funciona nuestro cerebro, y los procesos de memorización, para estar conscientes de los dos componentes o variables del factor “tiempo”.

Que no se trata solo de la sumatoria de minutos y horas, sino también de su distribución a lo largo de un período de unidades más largas de ese factor “tiempo”. Es decir, la distribución de minutos y horas a lo largo de una secuencia de días, semanas y meses.

No entender eso es –me parece– una de las razones que explican el fracaso de actores y actrices que posponen, que no asumen con total compromiso el trabajo de aprendizaje de los textos desde el “momento cero” de los ensayos, desde el momento mismo en que tienen el texto en sus manos y saben cuál es el personaje que les fue asignado.

Los ensayos: la diferencia entre saber o no saber el texto

Pero antes de entrar de lleno al tema que nos ocupa, creo necesario hacer referencia también –aunque sea brevemente– a la abismal diferencia entre saber o no saber el texto a la hora de los ensayos.

Es cierto que muchos Directores priorizan –sobre todo en las primeras instancias de los ensayos– la improvisación por sobre la memorización de los textos. Y esto tiene mucho sentido. Sobre todo desde un abordaje que considera a la improvisación como fuente invalorable de “materiales” para el descubrimiento y el desarrollo de los personajes por parte de los actores y las actrices.

Pero hay un momento en que los textos cobran toda su dimensión y preponderancia en el proceso de los ensayos. Y hay más de una razón para que ese momento sea relativamente temprano.

Estamos hablando, por supuesto, de obras de teatro en las que la memorización de los textos es relevante en mayor o menor medida. (Porque hay obras en las que un mayor grado de libertad e improvisación tienen lugar.)

Personalmente preconizo la idea de que tanto las actuaciones individuales como el ensayo grupal fluyen –y pueden crecer– en un grado directamente proporcional a la medida en que fluyen los textos en la boca de los actores y las actrices.

Recuerdo cuando, en los primeros tiempos de mi formación actoral, mi Director solía decirme: “El texto ya lo sabés. Confiá que ya lo sabés. Ahora soltálo”.

Pero el actor y la actriz pueden “soltar” el texto, y fluir en la actuación, solo cuando ya lo saben. No se puede “soltar” aquello que no “se tiene”.

Improvisación y repetición: la dialéctica de la puesta en escena teatral

Me parece percibir, en el ambiente del teatro, una suerte de “debate irresuelto” entre improvisación y memorización. Como si se tratara de modos y modelos diferentes, y hasta contrapuestos, de encarar el trabajo actoral y un proyecto teatral.

Prefiero pensar que se trata, más bien, de “momentos” o instancias del proceso de ensayo de una obra de teatro. Independientemente de que existe gran amplitud y diversidad de estilos teatrales, formas de concebir la dramaturgia y estilos de dirección.

Raúl Serrano planteaba –tal como comenté más arriba– el valor de la improvisación en el comienzo del proceso de ensayo de una obra de teatro. Decía que el elenco –los actores y las actrices– tenían que conocer la totalidad de la obra desde el primer momento, pero todavía no memorizarla. Proponía que el proceso comenzara con trabajos de improvisación, para que los actores y las actrices fueran sintiendo sus personajes, los fueran creando y desarrollando dentro suyo.

Serrano decía que, entonces, a medida que se avanza en ese proceso, el texto aparece como una necesidad. Una vez que los actores y las actrices “tienen” sus personajes, y que como grupo han ido tejiendo y construyendo la dinámica de sus vínculos y sus interacciones, entonces necesitan el texto de la obra que van a representar.

Recientemente escuché a Mauricio Kartún decir que, de un tiempo a esta parte él, como Director, encara el trabajo de improvisación de sus actores y actrices a partir del texto. Es decir, improvisar “con” el texto.

Correctamente entendido no hay ninguna contradicción ni sinsentido en esa idea. ¿Saber el texto de memoria anula la improvisación? De ninguna manera.

El mismo Eugenio Barba, cuya dramaturgia se construye enteramente, desde la misma génesis de una obra, a partir de la improvisación (de las improvisaciones de los actores y las actrices), orienta todo el proceso de ensayo hacia la repetición milimétrica de cada una de las acciones, los movimientos y los gestos. Repetición, repetición, repetición, podría ser el mantra de Barba.

Las obras de Eugenio Barba no comienzan con un texto escrito. Pero terminan en un “texto” memorizado y repetido al milímetro por cada uno de los actores y las actrices. Aunque sean obras que carezcan completamente de texto hablado.

¿Acaso Eugenio Barca sacrifica la improvisación en el altar de la repetición? ¡Jamás! ¡De ninguna manera! Lo que Barba preconiza es que, a fuerza de repetición, la obra fluye con la naturalidad y espontaneidad que da esa sensación de ser uno con la obra. Como el músico que ha interpretado una pieza tal infinidad de veces que esa pieza es parte de sí.

En ese estado, explica Barba, en cada ensayo y en cada función aparecen “micro improvisaciones” que de manera ininterrumpida le aportan a la obra (al grupo) nuevas riquezas, nuevas perspectivas, nuevas posibilidades.

Memorizar el texto: frasesita por frasesita

El “método” que practico para memorizar los textos –y que voy a describir, explicar y fundamentar a continuación–, puede parecer, a primera vista, terriblemente aburrido y tedioso. En mi experiencia, es tan efectivo que –estoy convencido– resulta el más expeditivo para llegar en el menor tiempo posible al resultado que buscamos.

Por supuesto, no pretendo postularlo como el mejor método para todo el mundo. Hay otros métodos posibles, y el mejor será, para cada quien, aquel que mejor le conduzca al mismo resultado.

También hay variantes, así como “tips” que pueden usarse en diferentes etapas del proceso. Algunas de las cuales también compartiré en mi explicación.

Manos a la obra, comencemos. Lo voy a explicar con un ejemplo. Y voy a mostrar la imagen de la primera hoja de una obra de teatro en la que yo representé uno de los personajes. Y la voy a mostrar tal cual yo la tengo, con los resaltados que le hice cuando lo estaba estudiando.

Imagen texto te teatro para memorizar
Cómo memorizar un texto de teatro

Aunque yo era “Ernesto”, voy a explicar el método con los textos de “Marta”, que en este ejemplo son los más extensos.

Básicamente, mi “método” consiste en ir aprendiendo frase por frase, sentencia por sentencia. Tomando unidades de texto que sentimos que podemos memorizar. En nuestro ejemplo, la actriz que representa a Marta podría tomar la primera oración entera:

“Imaginate la pobre Leticia, enterarse de una cosa así después de veinte años de casada.”

Leerla y repetirla, mentalmente o en voz alta, como le resulte más cómodo. Una y otra vez hasta que sienta que ya la tiene.

Una vez que la puede decir de corrido sin equivocarse, tomar la siguiente unidad de texto que le resulte manejable. Por ejemplo:

“¿Vos me estás escuchando?”

Es una oración corta y sencilla. No representa ninguna dificultad.

El siguiente paso será repetir las dos unidades juntas:

“Imaginate la pobre Leticia, enterarse de una cosa así después de veinte años de casada. ¿Vos me estás escuchando?”

Una vez más, repetir –mentalmente o en voz alta– este primer pequeño conjunto, hasta poder decirlo de corrido varias veces sin necesidad de volver a mirar el texto. Durante esta etapa tenemos que permitirnos volver al texto impreso todas las veces que sea necesario para asegurarnos de que lo estamos memorizando correctamente.

Una vez que logramos repetir todo de corrido y sin necesidad de recurrir al texto impreso, buscamos una nueva unidad de texto:

“Ernesto, ¿me estás escuchando o hablo a las paredes?”

Una vez más, es una unidad de texto breve y fácil de memorizar. Entonces, una vez que lo hayamos hecho, abordamos todo el bloque:

“Imaginate la pobre Leticia, enterarse de una cosa así después de veinte años de casada. ¿Vos me estás escuchando? Ernesto, ¿me estás escuchando o hablo a las paredes?”

¿Cómo “memoriza” nuestro cerebro?

Bien, hagamos un paréntesis para darle algún fundamento “científico” a este método de memorización.

Un primer aspecto del proceso de memorización es que, mientras estudiamos un texto, el primer hito, o la primera parada de esa nueva información en nuestro cerebro, será la llamada Memoria de Corto Plazo (MCP). Dos cuestiones son importantes en este punto:

  • Primero: la duración temporal de la información en la zona de la Memoria de Corto Plazo es muy breve, de entre 18 y 20 segundos. Se necesita un trabajo de interpretación y organización de esa información para que pueda ser recordada por más tiempo.
  • Segundo: la capacidad de la Memoria de Corto Plazo para retener información simultánea es muy limitada. Según algunas investigaciones el límite es de aproximadamente siete ítems. Los ítems pueden ser cosas como números, letras, palabras, o bloques de información que se agrupan en unidades significativas, conocidas como “chunks” (trozos, pedazos).

De lo cual resulta evidente que está absolutamente contraindicado pretender memorizar de a grandes bloques de texto. Aunque a simple vista parezca tedioso y fastidioso estudiar y memorizar de a sentencias tan cortitas, y aunque suene paradójico, tratar de retener párrafos enteros, o tan siquiera oraciones largas, lleva mucho más tiempo, y los resultados son mucho más pobres.

En efecto, veo que actores y actrices que estudian tomando textos extensos, parece que nunca llegan a ser capaces de recitarlos al pie de la letra, y terminan diciendo un texto que “se aproxima” al del autor de la obra, pero tienen una cierta dosis de improvisación. Y eso tiene varios riesgos:

  • Dejar en el camino algún trozo de texto importante o valioso.
  • Devaluar la riqueza literaria de autores que justamente por eso tienen el reconocimiento que tienen.
  • No llegar nunca a “fluir” con toda naturalidad, ya que el texto nunca está plenamente incorporado, y la mente sigue esforzándose, ensayo tras ensayo, función tras función, para reconstruir o reelaborar el texto.

Repetir, repetir, repetir… y descansar

Aunque debería ser una verdad de Perogrullo, a este artículo le faltaría el dato más importante si no dejáramos escrito, al menos una vez, que la repetición es la quintaescencia de la memorización del texto de una obra de teatro.

¿Hace falta un fundamento científico para esa afirmación? Pues bien, digamos que una de las primeras investigaciones experimentales sobre la memoria la realizó el psicólogo alemán Hermann Ebbinghaus, a fines del siglo XIX. Ebbinghaus estudió cómo se retienen sílabas sin sentido (bat, sit, het), y concluyó que el mecanismo de la memoria requiere una única actividad –la repetición– para que los datos que recordamos se asocien entre sí.

Más de un siglo de investigaciones más sofisticadas y elaboradas no hicieron más que confirmar y aportar más detalles a esos primeros resultados.

Hoy sabemos ampliamente que nuestro cerebro aprende gracias a la capacidad de las neuronas de comunicarse entre sí (las famosas sinapsis). Cuando aprendemos algo nuevo, las neuronas forman nuevas conexiones sinápticas. Cuantas más veces se repite la información o la habilidad, más fuertes se vuelven esas conexiones.

Ya dijimos que la puerta de entrada, o la primera parada, de los nuevos conocimientos que incorporamos a nuestra mente, es la llamada Memoria de Corto Plazo (MCP), entre cuyas características se destaca su evanescencia, la brevedad de su permanencia.

Lo que la repetición logra es que los datos recién incorporados pasen a la llamada Memoria de Largo Plazo (MLP), que tiene una capacidad ilimitada, y sus contenidos pueden permanecer allí desde unos cuantos minutos, hasta varios años o, incluso, toda la vida. En términos más técnicos, la información pasa del hipocampo, donde se guardan los registros temporales, a áreas del neocórtex, donde se encuentra la memoria más duradera.

¿Qué sucede cuando descansamos?

Pero ¡Atención! Las investigaciones en el campo de la memoria también demostraron la importancia de las pausas y los descansos.

En efecto, el proceso de memorización no sucede “solo” mientras repetimos, repetimos y repetimos. Para que se consolide la información, nuestro cerebro tiene que “codificar” y “almacenar” los datos incorporados. Y ese es un proceso que demanda tiempo, y esa es la clave de la “repetición espaciada”.

Las pausas y descansos entre sesiones de memorización son un tiempo muy fructífero para esa consolidación de la información. Estudiar durante largos períodos sin pausas es contraproducente.

Pero el tiempo en el que sucede la consolidación más profunda es durante el sueño, mientras dormimos. Cuando dormimos, los datos aprendidos son conducidos de un lugar a otro, y así se almacenan en circuitos nerviosos dentro del cerebro y luego en forma de sustancias químicas.

En efecto, no deja de sorprenderme el “salto de calidad” que parece suceder, casi mágicamente, entre los primeros esfuerzos de memorización de un texto nuevo, y la práctica al día siguiente. ¿Qué sucedió? Un texto que ayer me llevó tanto esfuerzo intentar aprender, hoy parece tanto más fácil. Y cada día que pasa –o debería de decir cada noche– parece que la cosa va fluyendo con más y más facilidad.

Todo lo cual nos lleva de vuelta a una de las afirmaciones que hicimos al comienzo de este artículo. No alcanza con repetir, repetir y repetir en los últimos días antes del estreno de una obra de teatro. Sobre todo cuando tenemos entre manos obras de cierta extensión, necesitaremos semanas y meses para disponer de la cantidad necesaria de sesiones de “repetición” y de “descanso”.

Liberar la mente para desarrollar la actuación

Pero aquí es donde podemos enlazar la cuestión de la memorización de los textos con la actuación. Mientras nuestra mente está ocupada, y sobre todo haciendo grandes esfuerzos, por recordar los textos, ese esfuerzo puesto en el trabajo mental nos resta capacidad –y sobre todo libertad– para la actuación.

Volviendo al consejo personal de mi primer Director (“El texto ya lo sabés, ahora soltálo”), digamos que la contracara de esa admonición –como ya lo dije también– es que no podemos soltar aquello que todavía no tenemos. Nuestra posibilidad de soltar el texto –que nuestra mente deje de estar ocupada en el texto– y poner más y más foco en la actuación, es directamente proporcional al nivel de “automatización” del texto.

El trabajo que tendremos, como actores y actrices, en todo caso, será lograr que esa “automatización” no nos conduzca a una repetición o enunciación “automática” (como autómatas).

En todo caso, la “liberación” de energía y concentración que nos facilita el hecho de poder decir el texto con total fluidez, debemos volcarlo, a partir de ahora, a “jugar” con mayor libertad, tanto en la actuación –nuestros cuerpos descubriendo a los personajes que nos toca representar–, como en la libertad para “expresar” esos textos en total sintonía con las afectaciones que atraviesan nuestros cuerpos.

La interlocución e interactuación con nuestros parteneres actorales

Ahora bien… volviendo a la tarea de memorización de los textos, un aspecto no menor, y que presenta no pocas dificultades a la hora de los ensayos –y las funciones–, es lo que hace a la interlocución e interacción –o “inter-actuación”– con nuestros parteneres.

Por supuesto, no se les pide a los actores y las actrices que sepan de memoria los textos del resto del elenco de una obra de teatro. Pero sí es fundamental que cada cual tenga perfectamente claros los “pies”. Así llamamos en teatro a esos trozos de texto que le “dan pie” al que sigue. Cada actor y cada actriz tiene que conocer perfectamente los “pies” que preceden un texto que él o ella tiene que decir. Y, del mismo modo, tiene que conocer y respetar –tiene que decir– los textos que son “pie” para el actor o la actriz que le sigue.

En el texto de la obra que incluí como ejemplo al comienzo de este artículo ya puedes ver los resaltados que yo hice cuando estudiaba esta obra. En verde están resaltados mis textos, y en anaranjado resalté los “pies” de mi partener. A continuación incluyo la imagen de otra escena de la misma obra, donde interactúan cuatro personajes (dos actores y dos actrices). Allí puedes ver claramente la importancia de conocer perfectamente esta cuestión de los “pies”.

Imagen memorizar texto de teatro
Texto de una obra de teatro para memorizar

Puedes ver que, durante el período de ensayos, yo tenía mi texto impreso, con resaltados diferenciados para mis propios textos y los pies que los anteceden. Cuando el partener que antecede tiene un texto más extenso, solo resalto la última parte, lo que necesito recordar como el “pie” para mi texto (como puedes ver en la hoja que incluí al comienzo del artículo).

¿Cómo estudiar los textos incluyendo los de nuestros parteneres?

Hay dos o tres métodos –o “técnicas”– que yo uso para esto. No excluyentes, sino complementarias.

La primera es tener una hoja en blanco, doblada al medio (simplemente para que no sea tan grande e incómoda), con la que “tapo” el texto, y la voy deslizando hacia abajo a medida que avanzo. La idea es –sobre todo en las primeras instancias del aprendizaje del texto– ir recordando los pies que anteceden mis intervenciones, y poder recitar mis propios textos de memoria.

El audio, otra técnica que aporta mucho

Otra técnica que me aporta mucho en el proceso de aprendizaje es la grabación de audios. ¿En qué consiste? En grabar un audio con los textos de mi partener o mis parteneres.

Puedes tener una app de grabador, o simplemente usar Whatsapp. De hecho, yo tengo creado un “grupo” en Whatsapp exclusivamente dedicado a esta tarea.

Entonces, lo que hago es ir leyendo en voz alta el texto de la obra (una escena entera, o la extensión que me resulte cómodo para repasar), dejando silencios en las partes que corresponden a textos míos (de mi personaje). Es decir, leo en voz alta los textos de mis parteneres, y también leo, pero en un volumen no audible, mis partes. En estas partes mías dejo un poco más de tiempo del que me lleva leerlas, de manera de tener un margen en el momento de repasar.

El valor de esta técnica es que ya prescindo, incluso, de la imagen del texto impreso con los resaltados. Ya no puedo “ver” dónde están los “pies” de mis parteneres. Ahora me tengo que acostumbrar a “escucharlos”.

Es lo más cercano que puedo lograr, mientras estudio en solitario, a un ensayo con mis parteneres.

Una ventaja adicional es que me permite seguir repasando los textos en algunos de esos momentos en que no puedo hacer otra cosa: mientras voy en el auto solo manejando, mientras camino, en fin, cada uno sabrá qué momentos de su día a día puede dedicar al estudio de los textos.

La memorización de los textos y la “visualización”

Y hablando de qué momentos del día a día le dedicamos al estudio y la memorización de los textos… como ya dejamos establecido, la repetición, repetición, repetición, es clave. Así como las pausas y los descansos, tanto mientras dormimos a la noche como durante el día, despiertos.

“La verdad es que esta semana no tuve un minuto para estudiar los textos”, escucho muchas veces. Algunas preguntas que se me ocurren para “cuestionar” ese argumento. ¿Esta semana no te tomaste una ducha? Ese era un momento valiosísimo para repasar los textos –en voz alta o mentalmente–. ¿Esta semana no saliste a caminar? ¿No viajaste en auto o en transporte público? ¿No cocinaste? ¿No tuviste algún almuerzo o alguna cena en soledad? Esta semana, al irte a acostar a la noche, ¿estuviste tan cansado o tan cansada todas las noches que no pudiste dedicarle unos minutos a repasar mentalmente los textos?

Muchos de esos momentos solo podemos aprovecharlos con textos que ya tenemos memorizados en menor o mayor medida. Pero también hay momentos en que podemos tener con nosotros los textos impresos, y aprovechar para estudiar las partes que todavía no hemos memorizado lo suficiente. O para repasar aquellos que todavía necesitan más precisión.

Una de las cosas que, personalmente, disfruto en el proceso de aprendizaje y memorización de los textos de las obras de teatro, es la visualización. Una vez que “sé” los textos, que los puedo recitar mentalmente en cualquier momento, sin necesidad de recurrir al texto impreso, puedo jugar con la imaginación, visualizar la escena transcurriendo arriba del escenario.

Lo considero un momento tan valioso que me atrevo a proponerlo como una “técnica” adicional en el proceso de memorización. Ya sabemos que las imágenes y –no menos importante– las emociones, juegan un papel importante en la memoria. Entonces, “visualizar-nos” actuando, mientras recitamos mentalmente los textos, ayuda muchísimo a consolidarlos en nuestra memoria. Y, sobre todo, ayuda mucho a tener presentes a nuestros parteneres, las interacciones con ellos, y en qué momentos intervenimos nosotros con nuestros textos.

La pasión: ¿el ingrediente más importante?

¿Todo lo dicho requiere mucha pasión? Probablemente. Pero, personalmente, creo que hay otras cualidades más importantes. Si tuviera que elegir la que yo considero más importante, tal vez elegiría “compromiso”.

La pasión es un sentimiento, un estado de ánimo. Pero los sentimientos y los estados de ánimo suelen ser tan etéreos como efímeros y cambiantes. El compromiso es una decisión ética. Trasciende los estados de ánimo. Es más sólido y consistente.

Tal vez el concepto de “vocación” articule mejor y le dé más potencia a las dos cualidades anteriores. Sería un compromiso animado por un sentimiento. O un sentimiento que anima una decisión.

Tomando prestada la expresión de Spinoza “la potencia es en acto”, podríamos decir que la pasión por el teatro es una frase hueca y carente de sentido si no se traduce en un compromiso ético puesto en práctica en cada una de las actividades que requiere una puesta en escena que respete la propia dignidad, el compromiso con el grupo actoral y –por sobre todas las cosas– el respeto por el público al que convocamos para que venga a “consumir” nuestro producto.

Hay una ecuación que no resulta fácil resolver. Sobre todo en los ámbitos del teatro amateur, cada actor y cada actriz tiene sus propias motivaciones, sus propios objetivos, y sus propias expectativas para hacer teatro. Es el ámbito de lo privado, inviolable.

Pero el teatro es una actividad grupal –se hace con otros–, y tiene un objetivo social y comunitario. Colectivo. Su práctica entra en la esfera de la ética.

Lo individual-privado y lo compartido-comunitario. ¿Cómo articularlos? ¿Cómo respetar plenamente cada ámbito? ¿Es posible?

Son preguntas que cada actor y cada actriz tiene que responder para sí. Y dar la cara frente a los otros con sus respuestas.

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